Hablar de performance art contemporáneo sin hablar de Marina Abramović resulta prácticamente imposible. Durante más de cinco décadas, la artista serbia ha convertido su propio cuerpo en materia artística y ha explorado algunos de los límites más extremos de la presencia, el dolor, la resistencia, el tiempo y la relación con el público. Su trayectoria ha contribuido decisivamente a que la performance dejara de ser considerada una práctica marginal y pasara a ocupar un lugar central en museos, universidades y grandes instituciones culturales. Para muchas personas, además, Abramović ha sido la primera puerta de entrada a un lenguaje artístico que durante décadas permaneció alejado del gran público.
Pero precisamente por eso merece la pena acercarse a ella con algo más que admiración. Abramović es una figura fundamental de la historia de la performance, pero también una artista que plantea algunas contradicciones interesantes. Su enorme éxito y su progresiva institucionalización nos permiten preguntarnos qué ocurre cuando una práctica nacida en los márgenes alcanza el centro del sistema artístico. No para desmerecer su trabajo, sino para entender mejor tanto su legado como el lugar que ocupa hoy la performance.
Marina Abramović durante sus primeras performances en los años setenta. Desde el comienzo de su trayectoria, el cuerpo se convirtió en el principal material de su práctica artística.
El cuerpo como territorio artístico
Cuando Abramović comenzó a desarrollar su trabajo en los años setenta, la performance todavía ocupaba una posición periférica dentro del mundo del arte. Frente a la pintura o la escultura, la acción tenía algo especialmente incómodo: no producía necesariamente un objeto que pudiera conservarse, venderse o contemplarse posteriormente. La obra sucedía en un tiempo y un lugar determinados, y el cuerpo del artista podía convertirse en su principal —o incluso único— soporte.
Abramović llevó esta idea hasta lugares que resultaban radicales para su época. En sus primeras performances exploró el dolor, el agotamiento, la inmovilidad, el peligro y la pérdida de control, poniendo en cuestión la frontera entre lo que un artista puede hacer con su cuerpo y aquello que estamos dispuestos a soportar como espectadores. Su trabajo no consistía simplemente en «hacer cosas extremas». El cuerpo se convertía en un lugar donde investigar cuestiones relacionadas con la identidad, la vulnerabilidad, la confianza y la relación de poder entre artista y público.

Una parte fundamental de esta investigación se desarrolló junto a Ulay. Entre 1976 y 1988, ambos crearon una extensa serie de performances en las que exploraron la relación entre dos cuerpos y dos identidades artísticas. Algunas acciones exigían una enorme resistencia física; otras se apoyaban en la repetición, la proximidad o la dependencia mutua. Su colaboración terminó con The Lovers, una acción realizada en 1988 en la que cada uno recorrió una parte de la Gran Muralla China hasta encontrarse en el centro para despedirse. La relación entre ambos se convirtió así en material artístico y dejó algunas de las imágenes más reconocibles de la historia de la performance.

Cuando el público obtiene el poder
Una de las obras que mejor permite comprender la radicalidad de Abramović es Rhythm 0, realizada en Nápoles en 1974. Durante seis horas, la artista permaneció inmóvil frente al público junto a una mesa sobre la que había colocado 72 objetos que podían utilizarse sobre su cuerpo. Había objetos asociados al placer y otros capaces de producir dolor o daño. La instrucción era sencilla: el público podía utilizar los objetos sobre ella como quisiera.

La acción comenzó de una manera relativamente contenida, pero progresivamente algunos espectadores fueron aumentando la intensidad de sus acciones. Cortaron su ropa, manipularon su cuerpo y llegaron a utilizar objetos que podían causarle heridas. La pieza terminó convirtiéndose en una experiencia profundamente perturbadora, no tanto por lo que Abramović hacía como por lo que el público estaba dispuesto a hacer cuando se le otorgaba poder sobre otro cuerpo.
Rhythm 0 continúa siendo una de sus obras más importantes porque desplaza la atención del artista hacia el espectador. La pregunta ya no es únicamente qué está dispuesta a hacer Abramović con su cuerpo, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros cuando creemos que tenemos permiso para hacerlo. La obra habla de violencia, responsabilidad, obediencia y poder, y demuestra una de las posibilidades más interesantes de la performance: crear una situación en la que el público no se limite a contemplar una obra, sino que se convierta en parte del problema que la obra plantea.
De los márgenes al centro
Quizá uno de los mayores logros de Abramović sea haber conseguido que esta clase de prácticas alcanzaran a un público extraordinariamente amplio. Durante décadas, la performance fue percibida por buena parte del público como una disciplina difícil, experimental o directamente incomprensible. Abramović consiguió cambiar esa percepción. Su nombre llegó a convertirse en sinónimo de performance para millones de personas que probablemente nunca habían tenido contacto con esta práctica.
El momento decisivo llegó en 2010 con The Artist Is Present, la gran retrospectiva que el Museum of Modern Art de Nueva York dedicó a su trayectoria. En el centro de la exposición, Abramović permanecía sentada durante horas frente a los visitantes, que podían ocupar una silla delante de ella y sostener su mirada en silencio. La acción parecía reducirse a algo extraordinariamente sencillo: una persona sentada frente a otra. Sin embargo, el tiempo, la espera y la intensidad de la mirada transformaban aquella situación cotidiana en una experiencia cargada de significado.

La repercusión fue enorme. La exposición convirtió a Abramović en una celebridad cultural y llevó la performance a un público que difícilmente habría acudido a una exposición dedicada a este lenguaje artístico. Es difícil exagerar la importancia de ese hecho. Abramović no solamente consiguió reconocimiento para sí misma: contribuyó a que la performance ganara visibilidad y legitimidad dentro de las instituciones artísticas y entre el público general.
El lado incómodo del éxito
Y aquí aparece una de las cuestiones más interesantes de su trayectoria. La misma artista que ayudó a llevar la performance desde los márgenes hasta los grandes museos terminó convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles de la cultura contemporánea. Su nombre, su imagen y su metodología forman hoy parte de un universo artístico perfectamente identificable.
Esto no invalida su trabajo, pero sí plantea una paradoja. La performance nació en buena medida como una forma de cuestionar el objeto artístico, la institución y las convenciones del mercado. ¿Qué ocurre entonces cuando una práctica basada en la presencia, la vulnerabilidad y la experiencia irrepetible entra plenamente en esos mismos circuitos institucionales?
También podemos preguntarnos hasta qué punto la enorme popularidad de Abramović ha contribuido a simplificar la propia idea de performance. Para muchas personas, performance significa todavía cuerpo, resistencia, dolor o acciones extremas. Pero la disciplina es muchísimo más amplia: existen performances íntimas, políticas, feministas, queer, comunitarias, activistas, tecnológicas o basadas simplemente en la relación con un contexto determinado.
Abramović no inventó la performance ni puede representar por sí sola todo lo que esta disciplina contiene. Su importancia está en otro lugar: ayudó a hacer visible una práctica que durante mucho tiempo permaneció fuera del centro del arte contemporáneo.
Y quizá también convenga cuestionar una idea que a veces se desprende de su propia mitología: que cuanto mayor sea el sacrificio físico, mayor será el valor de la performance. No necesariamente. El riesgo, el dolor o la resistencia pueden ser herramientas poderosas, pero no son valores artísticos por sí mismos. Una performance no tiene que poner en peligro el cuerpo para ser intensa, política o transformadora.

Una artista para admirar y discutir
Marina Abramović merece ocupar un lugar central en la historia de la performance. Ha producido algunas de las acciones más influyentes de las últimas décadas, ha ampliado enormemente el público de esta disciplina y ha demostrado que un cuerpo, una mirada o unas horas de silencio pueden sostener una experiencia artística de enorme intensidad.
Pero quizá no tengamos que elegir entre admirarla o criticarla.
Podemos reconocer la importancia de Rhythm 0 y preguntarnos por los límites de la participación del público. Podemos emocionarnos ante The Artist Is Present y, al mismo tiempo, observar cómo una práctica radical puede transformarse en un fenómeno cultural masivo. Podemos valorar su aportación y recordar que existen muchas otras formas de entender qué puede hacer un cuerpo dentro de una obra.
Porque quizá esa sea una de las mejores maneras de acercarnos a una artista importante: no convertirla en un monumento.
Abramović abrió muchas puertas. Algunas conducían hacia el dolor y la resistencia; otras, hacia la intimidad, la presencia y la relación con el público. Y otras terminaron conduciendo directamente al corazón de las instituciones artísticas.
La cuestión, para quienes hacemos performance hoy, no es decidir si debemos seguir sus pasos.
Es preguntarnos qué queremos hacer con las puertas que ella ayudó a abrir.


