
Crear una performance no empieza necesariamente con una idea brillante, una historia que merece ser contada o un mensaje que transmitir. A veces, basta con detenerse, prestar atención y hacer algo de otra manera.
Hay una pregunta que aparece con frecuencia cuando alguien se acerca por primera vez a la performance: «¿Pero qué quiero contar?».
Parece una pregunta lógica. Antes de empezar, buscamos un tema, una intención, algo que justifique lo que vamos a hacer. Queremos saber adónde nos dirigimos antes de dar el primer paso. Y, sin embargo, esa necesidad de tenerlo todo claro puede convertirse en uno de los mayores obstáculos para empezar a crear.
¿Y si no hubiera nada que contar? ¿Y si todavía no existiera una idea definida? ¿Y si lo único que hubiera fuera una sensación difícil de explicar, una curiosidad o las ganas de probar algo?
No tener un mensaje no significa no tener nada que explorar.
Antes que una idea, una experiencia
La performance permite trabajar desde lugares muy distintos: una preocupación política, un recuerdo, una imagen, una emoción, una investigación formal o una acción aparentemente insignificante. No existe una única puerta de entrada ni es obligatorio partir de una experiencia extraordinaria.
A veces, el punto de partida es mucho más sencillo: observar cómo respiramos, repetir un movimiento, permanecer en silencio, caminar de una forma inusual o prestar atención a un objeto cotidiano.
El cuerpo puede convertirse en un lugar de investigación antes de que aparezcan las palabras. Una postura, una tensión muscular, una manera de ocupar el espacio o un gesto que repetimos sin pensar pueden abrir preguntas que no sabíamos que teníamos.
En lugar de exigirnos una explicación inmediata, podemos empezar por observar qué sucede cuando hacemos algo. ¿Qué sentimos? ¿Qué cambia al repetirlo? ¿Qué aparece cuando dejamos de intentar hacerlo bien?
La práctica no consiste en encontrar rápidamente una respuesta, sino en permitir que surjan materiales con los que trabajar.
No todo tiene que significar algo desde el principio
En ocasiones, la presión por construir una obra con sentido nos lleva a interpretar demasiado pronto lo que hacemos. Queremos que cada gesto represente algo, que cada movimiento comunique una idea y que el resultado pueda explicarse con claridad.
Pero el proceso creativo no siempre funciona así.
Podemos comenzar con una acción sin saber qué significa y descubrir su sentido mientras la desarrollamos. También podemos encontrar algo interesante en una repetición, un error, una incomodidad o un resultado que no coincide con lo que habíamos imaginado.

El artista Bruce Nauman exploró esta posibilidad en Walking in an Exaggerated Manner Around the Perimeter of a Square (1967–1968), una obra en vídeo en la que camina alrededor de un cuadrado marcado en el suelo, exagerando el movimiento de sus caderas. Una acción sencilla se convierte en una investigación sobre el cuerpo, el espacio, el movimiento y la propia cámara.
No hace falta comenzar con una gran historia para generar una experiencia artística. A veces, basta con establecer una regla y observar hasta dónde puede llevarnos.
La acción no tiene por qué ilustrar una idea previa: también puede ser la forma de descubrirla.
El cuerpo como punto de partida
Trabajar desde el cuerpo no significa necesariamente hablar de uno mismo, exponer la intimidad o convertir una vivencia personal en una obra autobiográfica.
Significa reconocer que el cuerpo ya está presente en todo lo que hacemos. Tiene hábitos, límites, ritmos, memoria y maneras de relacionarse con el entorno. Está atravesado por normas sociales, expectativas y formas aprendidas de comportarse. Incluso los gestos que parecen más naturales pueden revelar mucho cuando los observamos de cerca.

La artista Ana Mendieta desarrolló buena parte de su trabajo a través de acciones efímeras en las que su cuerpo, o la huella de este, entraba en relación con la tierra y el paisaje. En su serie Silueta (1973–1980), las formas corporales aparecen trazadas, excavadas o construidas con materiales naturales. La obra no depende de narrar una historia de manera convencional: propone una relación física, simbólica y visual entre el cuerpo, la naturaleza y la ausencia.
Acercarse a la performance desde el cuerpo permite precisamente eso: investigar sin tener que traducirlo todo a un discurso cerrado. No es necesario contar una experiencia íntima para trabajar con la presencia, ni explicar una emoción para explorar cómo se manifiesta físicamente.
Podemos empezar por lo que el cuerpo hace, por lo que evita, por lo que repite o por aquello que le resulta extraño.
Crear también consiste en probar
Una de las ideas que más limitan la creatividad es pensar que una obra debe aparecer prácticamente terminada en nuestra cabeza antes de empezar a realizarla.
En realidad, muchas veces sucede lo contrario. La primera acción es una prueba. Después llega la observación, la repetición, la transformación y la selección. Algunas propuestas no conducen a ninguna parte; otras abren caminos inesperados. Hay ejercicios que terminan convirtiéndose en una obra y otros que cumplen su función precisamente porque nos permiten descartar una posibilidad.
Por eso, experimentar no es perder el tiempo ni desviarse del proceso creativo. Es una parte fundamental de él.
Podemos trabajar con restricciones sencillas: repetir un gesto durante cinco minutos, utilizar un objeto de una manera distinta a la habitual, recorrer un espacio sin seguir el camino más directo o realizar una acción atendiendo únicamente a su ritmo.
Lo importante no es que el ejercicio produzca inmediatamente una pieza interesante. Lo importante es observar qué sucede y decidir después si merece la pena continuar.
La exigencia de obtener un resultado desde el primer intento puede bloquear una investigación que necesita tiempo para desarrollarse. Permitirse probar sin saber qué saldrá no elimina el criterio artístico: crea las condiciones para que pueda aparecer.
¿Y si no sé por dónde empezar?
No necesitas encontrar primero un tema importante. Puedes comenzar con algo concreto y cercano, sin exigirle que se convierta inmediatamente en una obra.
Prueba a elegir una acción cotidiana: esperar, ordenar, esconder, sostener, limpiar, caminar o mirar. Realízala durante unos minutos prestando atención a cada detalle. Después, modifica una sola condición: la velocidad, la duración, el espacio, la distancia respecto al objeto o la manera de ejecutar el movimiento.
Observa qué cambia. Repite la acción. Introduce una variación. Si algo despierta tu curiosidad, continúa investigándolo. Si no ocurre nada, prueba otra cosa.
También puedes escribir después unas pocas notas sobre lo sucedido: qué te ha sorprendido, qué te ha incomodado, qué no esperabas o qué te gustaría repetir. No hace falta justificar la experiencia ni encontrar una interpretación definitiva.
Este tipo de práctica ayuda a desplazar la atención desde la obligación de producir una obra hacia la posibilidad de descubrir un material propio.
Y hay algo importante: no todo ejercicio tiene que convertirse en una performance pública. Investigar, equivocarse, descartar y cambiar de dirección también forman parte del trabajo.
No necesitas tenerlo todo claro para empezar
Crear una performance no consiste en esperar a que aparezca una idea suficientemente buena como para merecer ser realizada. Consiste también en desarrollar una relación con la práctica, aprender a observar y reconocer posibilidades donde antes solo veíamos acciones ordinarias.
No necesitas una biografía extraordinaria, una formación artística previa ni una respuesta definitiva a la pregunta de qué quieres contar.
Puedes empezar por una pregunta pequeña, una acción, una sensación o una regla. Puedes comenzar sin saber qué significa lo que haces. Puedes descubrir que aquello que parecía irrelevante contiene algo que merece atención.
A veces, la primera tarea no es tener algo que contar, sino crear las condiciones para descubrir qué merece la pena explorar.
En la performance, el cuerpo no es únicamente el medio con el que se ejecuta una idea. También puede ser el lugar desde el que una idea empieza a tomar forma.
Y para empezar, eso es suficiente.

¿Te interesa explorar la creación desde el cuerpo, la experimentación y la acción? Descubre las propuestas formativas de Performance Art School (PAS) y encuentra nuevas maneras de desarrollar tu propia práctica.


